SAVATERIANAS, 5.
No escribí savateriana la semana pasada porque nos salió el escritor con una de esas columnas llenas de nada a la que los colaboradores de prensa nos tienen acostumbrados y que todos nos podemos ahorrar aunque supongo que se pagan igual. Incluyo no obstante un comentario a propósito de las ideas sublimes (siéntase la mordedura) que Savater enumera como posibles a la hora de dotar «de una halo heroico la vida atontada de palurdos que llevamos: la lucha contra el cambio climático, la denuncia de la pederastia clerical, la aniquilación del heteropatriarcado o la independencia de Cataluña.» El comentario es que estas ideas (sublimes) además de variopintas tienen recorridos muy diferentes, alguna más bien parece ocurrencia, creo que la lucha contra el cambio climático parte de un objetivo claro que una mayoría conformada por la comunidad científica, política y ciudadana respalda y que hasta la fecha pierde en favor de quienes han de conservar una posición privilegiada en el sistema productivo, y algunas son supuestos o puntos de partida que requieren un desarrollo que supondrá, necesariamente, un cuestionamiento propio, una tarea dialéctica que vaya aclarando términos y necesidades, como la que llama «la aniquilación del patriarcado».
Más provocadora es por incisiva la columna «Era esto» de ayer, en la que Savater se reafirma en lo tramposo de una idea que bien podría haber figurado en el listado que había confeccionado para su opinión de siete días atrás: el diálogo. En la de este sábado se hace una generalización desde lo concreto del diálogo que ha supuesto el acuerdo de gobierno con los nacionalistas hasta la invalidez de todos los diálogos como solución a los conflictos políticos, algo que en realidad y a nada que uno se moleste en buscar por ahí es premisa savateriana y no conclusión a partir de los últimos acontecimientos: todos nos lo pasamos bien con sus columnas. A un institucionalista como él nada de lo que se salga de la fórmula le convence y a veces parece que le entra cierta manía persecutoria. En el Siglo de Oro español la prudencia era concepto sinónimo de inteligencia, pero que yo sepa nunca lo ha sido de conservadurismo y por ejemplo nadie diría que eran prudentes las prácticas inquisitoriales de la época. Que la política, como cualquier pensamiento, necesita desarrollarse a partir de cierta dialéctica imagino que es algo que no se pone en duda, y a veces asusta la seguridad con la que ciudadanos, políticos y pensadores dicen (o gritan) sus ideas, como si ya estuviera todo pensado.