SAVATERIANAS, 1. (14/10/23)
En la última columna de Fernando Savater en el diario El País España es una nave atravesando una tormenta de importancia al menos considerable. El texto es ingenioso como la mayoría de los del filósofo, pero dado el formato de 350 palabras no da para más profundidad que la que el lector pueda imaginar en el posible hundimiento de la nave que es, hasta donde uno sabía de Savater, estado y no nación. En esta nave-estado hay piratas de izquierdas que, por tanto, no son tripulantes, ni marineros y ni siquiera pueden ser viajeros, y entiendo que son -qué otra cosa podrían si no- enemigos a los que habría que expulsar de la nave a riesgo de que la roben o expolien o, quizás, secuestren.
Es evidente que Savater no pinta un cuadro necesario, sino un momento circunstancial creado por políticos concretos de la izquierda de hoy, es decir, por personas y no por ideologías, por pasiones individuales incapaces de trascender sus debilidades hasta la responsabilidad que lo común requiere. Pero es precisamente por esto que no se entiende bien el juego maniqueo que establece entre tripulantes y piratas, entre la derecha y la izquierda que sostiene en su hombro el loro nacionalista que sólo sabe preguntar por lo suyo y que, nos dice Savater, maldice en catalán y vascuence. Es complicado gobernar la nave en estas condiciones, claro, pero no puedo dejar de preguntarme qué nave es esa, cuál es su naturaleza ni qué es lo que se trata de salvar. Porque a primera vista hay mucha confusión, y aunque esta responda a un momento concreto resulta imposible pensarla sin una complejidad previa que la provoque.
Sí, ya sé, he de aceptar el juego de la columna, no es un artículo ni una tribuna ni hay necesidad de profundidad ni rigor con los que ir sumando argumentos a una posible dialéctica que nos permita seguir pensándonos. No es cuestión de pensarse todo el rato y nos permitimos la premisa como verdad. Acepto esta ligereza pero me doy el gusto de recrearme en ella: tenemos una nave (podría aventurarse que sin timón aunque esto no lo sabemos: ¿hay un capitán? ¿Quién es?) cuya integridad peligra y que por si fuera poco -añade a continuación- navega mediterráneamente hacia el Este a riesgo de chocar contra los arrecifes islámicos, el iceberg Ucrania o desorientarse hacia la catástrofe por los dolorosos cantos de sirena de los inmigrantes cuya voz manipula la Iglesia. La cosa, efectivamente, pinta mal.
La columna se llama «El ancla» y me hace pensar en la necesidad que el autor ve de echarla hasta poner orden y que alguien pueda hacerse cargo (bien) del timón. Para ello Savater apela a la responsabilidad de los marineros, a la búsqueda de lo común para ponerse de acuerdo en lo mínimo y detener así la deriva, e invoca la imagen mítica (dice) de la joven princesa besando la bandera, en una última pirueta fabulosa que definitivamente hace de la nave España una construcción puramente emocional, muy cercana al nacionalismo y, por tanto, imaginaria.