
El libro con el que he cerrado las lecturas de verano me ha decepcionado bastante, seguramente porque esperaba algo, algo que quizás yo mismo me había prometido y que ahora no sabría decir qué es. «El año del pensamiento mágico» es un libro superficial porque, en realidad, no cuenta nada nuevo (sobre la experiencia de la muerte de alguien cercano) y tan sólo se salva por lo que de salvador debió de tener para la propia autora, Joan Didion, el escribirlo. Es una afirmación que puede parecer frívola en boca de quien hace pocas semanas ha disfrutado mucho leyendo el cuarto libro de la serie autobiográfica de Karl Ove Knausgard. Pero me sentí acompañado con el noruego y en un mundo diferente pero muy predecible con la norteamericana. El momento histórico del lector puede importar mucho y, afortunadamente, no he pasado por un trance como el de la autora. Quiero decir, pues, que quizás este (reconocido, premiado, muy recomendado) libro sí pueda ser un buen compañero para según qué lectores. Me lo pregunto.
Este libro de memorias -no sé por qué la contraportada apunta que memorable- narra la muerte del marido de Joan Didion en el salón de su casa una noche en la que se disponen a cenar juntos, así como sus vivencias de todo el año que transcurre después, meses durante los que el proceso de duelo no acaba de comenzar porque debe atender a su hija gravemente enferma y por momentos también al borde de la muerte. Prosa eficaz, muy a la norteamericana manera: disculpen la obviedad. Pero se lee despacio porque aunque la autora no lo pretenda la narración está llena de clichés y uno se atasca ante lo de siempre. Entiendo que esto a ella le daba igual porque se trataba de otra cosa. Seguramente fue una mujer valiente, pero no veo valentía ninguna en escribir un libro como este (contra otra de las vagas y manidas consideraciones de la contraportada) y, en todo caso, ese no puede ser nunca un valor para su lectura. En fin, cosas de la industria cultural.
