Procesos creativos.

RELATOS PARA NO TENER QUE LEER, 2.

En mi anterior relato disuasorio, descompuesto y que hablaba de mis lecturas confinadas, olvidé incluir una que fue realmente sabrosa y que durante un día  (una noche y  una mañana-tarde) me llevó de paseo por algunos lugares interesantes, en la mayoría de los cuales me esperaba Jorge Oteiza (Orio, 1908 – San Sebastián, 2003), y de cuya mano visité siempre a los demás. Fueron los demás los escultores David Smith (también Tony Smith), Barbara Hepworth, Henry Moore, Robert Jacobsen, Hans Arp, por supuesto Ricardo Ugarte, Remigio Mendiburu, Néstor Basterretxea y Eduardo Chillida de la Escuela vasca de escultura, el denostado (con patada en el culo incluida)  Kosme Barañano, pero también el poeta Mallarmé y los otros poetas malditos de Verleine, como  Rimbaud y la para mí poeta desconocida Marceline Desbordes-Valmore. Faltan algunos nombres y siento el apelotonamiento, pero trato de dar cuenta del día de diversión que me supuso la lectura de “El libro de lo plagios”, de Jorge Oteiza, yendo de un lugar para otro, viendo videos, leyendo entrevistas, mirando pinturas, esculturas… a través de la pantalla… incluso a Cezanne visité, y fue de la mano de John Berger… y su “Sobre los artistas”.

Oteiza + malditos

El libro (que está por ver si lo consigo como fondo de la librería) fue un regalo de mi amigo y escultor Félix Orcajo, cuya obra está en la antigua estación de Olmedo, en un proceso doble y permanente de intervención dela obra en el paisaje que, a su vez, intervine en la propia obra. El arte como experimentación, como indagación técnica y estética y, en definitiva, como experiencia personal del artista antes que como objeto creado para el espectador es común denominador de ambos. Jorge Oteiza lo llama en un manifiesto de 1957 “Propósito experimental” y supone siempre una reflexión sobre arte y espacio, y de cómo ambos se intervienen o pueden conformarse. De ahí sus descomposiciones de figuras geométricas, sus cajas negras…

 

libro plagios

En realidad este libro que edita Pamiela, con pulso violento, composición personal y anotaciones manuscritas, ilustrado casi a la manera de un fanzine es un (conocido) ajuste de cuentas de Jorge Oteiza con Kosme Barañano, subdirector del primer Museo Reina Sofía en 1990 (y por lo tanto del primer museo de arte contemporáneo de España), quien dejó al escultor vasco fuera de la exposición permanente, y también con Eduardo Chillida, ya en esos momentos con una proyección internacional promovida por instituciones públicas y privadas de la cultura españolas y mentor del propio Barañano. A Chillida le acusa de plagiar buena parte de su obra a partir de los años setenta, cuando Oteiza ya había dejado -con una obra original reconocida internacionalmente- de esculpir porque -y aquí dejo mi relato de hoy- dejó de trabajar esculturas cuando aprendió a ser escultor, cuando su proceso experimental como artista estaba terminado. Fue en 1957. A partir de ahí comienza sus investigaciones de la lengua vasca, sus ensayos, su poesía… iremos viendo…

oteiza segundo y santiago
Escultura de Jorge Oteiza en el jardín de la Fundación Segundo y Santiago Montes, Valladolid