Un trozo de planeta.

La primera vez que leí versos de Machado yo ya tenía una edad como para tener bien leído a Machado pero era la edad justa para, como en verdad pasó, escucharlos. Desde entonces resulta imposible para mí desligar “Por tierras de España” del álbum “Agila”-uno de los importantes de la historia del rock de este país- , de Extremoduro, y cuando los leo no puedo evitar el acento cacereño y tampoco la melodía del tema “Buscando una luna”. Ha llovido mucho pero, ya se sabe, no lo suficiente, y el desierto avanza en Castilla.

Estoy preparando una actividad alrededor del poemario Autobús de Fermoselle, de Maribel Andrés Llamero, obra que el año pasado fue galardonada con el XXXIV Premio de poesía Hiperión (junto a Los días hábiles, de Carlos Catena). De ella supe por primera vez gracias al -siempre- oportuno recorte de prensa que mi amigo Ricardo me regaló, y en el que Julio Llamazares presentaba las obras de ambos jóvenes autores.

En el artículo del 29 de junio del pasado año que publicaba el periódico El País abundaba Llamazares, además, en su visión realista de la despoblación rural que nos sucede y que, evidentemente, no tiene solución ni cuenta con una atención sincera por parte de quienes administran lo público y tampoco de quienes aspiran a administrarlo.

También me parece preocupante cierta moda divulgativa de la “España vaciada”, creadora de un género literario que banaliza el problema a la vez que reporta una buena dosis de tranquilidad de conciencia a quien lo practica. Que la despoblación de buena parte del país tenga como fruto un buen género literario no tiene nada de malo siempre y cuando ello no se tome por suficiente ni, mucho menos, se alimente un triste, resignado y necesario final de los pueblos. Y dado que aunque esto ocurriera en ningún caso se reconocería hay que poner especial atención para no cometer inoportunos deslices: hay daños que son consecuencia de prácticas bienintencionadas porque los ocultan temerariamente.

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Lo interesante de Autobús de Fermoselle es que, como los mejores de su tradición (véase Gamoneda o García Calvo), es expresión de lo que el poeta Fermín Herrero -al que, por cierto, cabría enmarcar con la misma tradición- explica entre la nostalgia alegre y la melancolía dolorosa. Es decir, lejos de suponer un acercamiento a un mundo desconocido que se fotografía y recrea con mejor o peor fortuna literaria, parte de un impulso interior que la propia memoria pone en marcha. Supone una vuelta a la infancia de la autora y un homenaje a su familia, a sus abuelos:

A mi abuela Ramona,

que nació en San Pedro de la Nave,

hogar que yace bajo las aguas 

de un embalse. 

 

Maribel Andrés Llamero (Salamanca, 1984) es profesora de literatura brasileña y portuguesa en la Universidad de Salamanca e imparte clases de lengua y cultura españolas a extranjeros. Con este poemario hace un ejercicio de dignificación que, entiendo, se debe a sí misma como hija de la emigración que desde los pueblos a la ciudad se produjo en la segunda mitad del siglo XX y que aún nos ocupa a todos bien entrado el XXI, problema ya de gravísimas consecuencias:

Solo se yerguen en los campos de Castilla, 

apuntando al cielo, los cementerios, 

la verticalidad del ciprés y de la cruz.

 

Cómo no se ha de morir un mundo

ya todo horizontal.

 

Hay un dolor palpable –¿melancolía dolorosa?- en sus poemas y casi diría que un sentimiento de culpa por no haber sabido vivir el pueblo en presente, por no haber sabido reconocer las oportunidades que de crecimiento personal ofrecía generoso en una relación telúrica capaz, por lo demás, de superar abstracciones nacionalistas y patrióticas y, sobre todo, complejos de inferioridad. La magia de la poesía es contarlo en apenas dos versos:

(…)

Por qué no me gustaban los peces de mi pueblo

si esos peces eran hijos de mi mismo suelo.

 

Y, sin embargo, ni la ironía ni el buen humor faltan en estos poemas que son también bellos recuerdos de un tiempo propio. Hay alegría en este poemario cuyo título está extraído de unos versos de Agustín García Calvo:

Autobús de Fermoselle, 

que va y que viene

y para, cuando quiere, 

lunes y jueves.

 

Los sentidos estimulados por los elementos de un mundo original despiertan la pulsión vital de la niña y alimentan su necesidad de asombro, de descubrimiento, de crecimiento… en un poemario que es sencillo como se muestran las cosas naturales de la vida, a las que bastaría con saber acompañar para vivir en un equilibrio necesario y reconfortante, sencillo también como los oficios artesanos que se desarrollan en armonía y plenos de sentido. Una sencillez, en definitiva, que esconde secretos propios del maestro. Por eso nos encontramos con una poética que fluye musical -no lírica-, pero musical como lo puede ser el correr del agua, el soplo del viento o, por qué no, el golpeo de los batanes.

(…)

No le digan nada a la niña

que acaba de ver germinar

el placer de los sentidos

y no puede entender el valor de la cosecha

-granza, ceranda, peje, parva y trilla-

sino con el cuerpo.

 

Una lectura que, como apunta Llamazares en aquel artículo,  deberían hacer los jóvenes que apenas saben qué cuestión se trata cuando se les habla de una España que está desapareciendo. Una forma de vida que, paradójicamente, hoy podría presentarse como alternativa al nuevo (tele)mundo  que se nos hace, se nos presenta necesario y al que se nos está obligando. Mucho podría decir sobre ello una mirada, la rural, que demasiados años ha vivido acomplejada. Porque, sí, fuera de este maravilloso Autobús de Fermoselle del que ya hemos hablado, habrá que hablar un día también sobre la responsabilidad que los propios pobladores han tenido en la ruina de un mundo ahora prácticamente perdido. Aprovecho esta toma de compromiso para volver sobre los versos que escribiera Machado  a principios del siglo XX y a los que hacía referencia al abrir esta reseña que así cierro:

(…)

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta

-no fue por estos campos el bíblico jardín-;

son tierras para el águila, un trozo de planeta

por donde cruza errante la sombra de Caín.