Vivencia del Te Veo 2020

Pasé en el teatro el fin de semana de toque de queda vallisoletano del 6, 7 y 8 de noviembre. He visto 4 funciones, una por cada grado de alerta, infantiles, de formatos diferentes y con diferentes miradas. Corresponden a una pequeña parte de los 16 espectáculos de la programación del Festival Encuentros Te Veo 2020. Una edición rica y que ha puesto en valor la solidez de estos encuentros entre artistas y espectadores infantiles y juveniles. Su capacidad de ofrecer prácticamente al completo una programación que no podía respaldar más de un 30% del público potencial se debe al empeño y compromiso de un tipo de gestión que nunca ha perdido de vista objetivos a cumplir por los derechos educativos y de desarrollo cultural y artístico de la infancia y de la juventud.

Es más que probable que ello se deba a que la gestión corre a cargo de artistas, los que componen la asociación de compañías teatrales Te Veo, a miradas sensibles y cercanas que se han desarrollado a partir de una relación vivencial en los espacios socioculturales -sean teatros, aulas, la propia calle u otros escenarios posibles- con los ciudadanos. A esto sumaría su creatividad como teatreros, capaces de generar (e improvisar) oportunidades y nuevas ideas a partir de los problemas y, desde luego, añadiría también la para mí ya legendaria resiliencia de un sector que se ha musculado a base de crisis y desatenciones, acostumbrado al pan y agua que mal llevarse a la boca pero que siempre se comparte para hacer compañeros de viaje, es decir, camino. La dureza del actor, de la compañía de artes escénicas, está a prueba de virus, también cuando desarrolla labores de gestión, sean las de su propia compañía o sea la elaboración de una programación con sentido como la de Te Veo.

Fotografía: Patricia Cercas

A este tipo de compromiso hacían referencia Ana Gallego y Jacinto Gómez, coordinadores del festival, durante la inauguración que se celebró en la Sala de los espejos del teatro Calderón el viernes 6 de noviembre. Acompañados de la concejala de cultura, Ana Redondo, y del director artístico del teatro, Txema Viteri, defendieron al festival como la cita necesaria que es para el bienestar de la ciudad.

Por eso en los últimos años ha seguido desarrollándose por barrios, además de iniciar una relación propiciatoria con la UVA, que también este año ha programado talleres con la Facultad de Educación, de la mano de Gema Cienfuegos. Los colegios han acogido las campañas escolares en sus aulas este año, una experiencia que, en menor medida, también se venía haciendo en ediciones anteriores y que ha hecho posible mantener la programación. Igualmente se ha podido celebrar la ya tradicional extensión de la biblioteca Torrente Ballester, en Salamanca, aunque no ha habido la misma suerte con la de Olmedo y otros pueblos de alrededor, extensiones que ojalá puedan retomarse en próximas ediciones. Sí se han celebrado las dos mesas de reflexión previstas sobre modelos empresariales y gestión de espacios aunque han tenido que ser vía digital. En resúmen, un festival con una programación cumplida a nivel sobresaliente dadas las circunstancias actuales de crisis sanitaria y de las que los compañeros de Te Veo hemos podido participar en diferente medida y según las circunstancias de cada uno.

Así que Esther Pérez Arribas y un servidor, pieizquierdinos ambos, asistimos a la presentación del viernes 6 y finalizada esta pudimos subir a una habilitada extensión del desván del Calderón en la que la compañía jerezana de títeres La gotera de Lazotea compartió con los asistentes los preparativos de “La boda de la pulga y el piojo”. Jugamos y cantamos las canciones que hubieron de ayudar a resolver ciertas complicaciones que iban surgiendo en una historia contada con la gracia, el desenfado y la amabilidad de un estilo que tiene mucho de original porque remite a sus orígenes de calle pero todavía mucho más de hospitalario: convendría no perder de vista esta función de hospitalidad del teatro y de las artes en general que a veces no se tiene en cuenta y que supone siempre una manera (especial, única, creativa, enriquecedora) de estar en la ciudad, en los espacios que se comparten y que nos hacen, por tanto, ciudadanos. Y, así, esta compañía que lleva cuarenta años en la carretera, que atesora premios y reconocimientos por toda la península y que entiende el teatro como artesanías generadoras de juegos y de encuentros presenciales (toca especificar) inauguró la programación abierta del festival y fue, de paso, reconocida por la asociación con el Premio Te Veo por una trayectoria ejemplar y que es referencia para sus 54 compañeros asociados.

La gotera de Lazotea recogen el reconocimiento de los compañeros de Te Veo
de la mano de Ana Isabel Gallego y Jacinto Gómez. Fotografía: May Rodríguez Isla.

Aún asistimos a tres funciones más que me dispongo a reseñar. Un par de cosas en común con el montaje de La gotera tuvo la función que al día siguiente pudimos ver en la Sala Experimental de El Calderón: también música en directo y dos intérpretes en escena para Pum Pum!, la obra de la compañía pontevedrense Baobab Teatro. Por lo demás el compromiso con el público es de distinta naturaleza. No se trata tanto de jugar en directo como de hacer preguntas que ayuden a mejor transitar el presente fuera del teatro. El onomatopéyico título de la obra hace referencia a las llamadas sobre las puertas de los recuerdos de Marieta, la niña protagonista de la historia. Detrás de cada puerta, latente y reclamando atención, están vivencias importantes de la niña que han ido fraguando su personalidad. Pero también hay secretos oscuros que deben ser contados aunque parezca muy difícil. “Todos los secretos malos deben contarse”. Con estética sencilla y cuidada e interpretación amable la forma contrasta con un contenido serio y de mucha profundidad que, lejos de asustar o interrumpir el encuentro teatral con los niños, discurre delicado y natural, y deja para la salida unas cuantas preguntas importantes que entre infantes (a partir de cuatro años) y adultos deberán hacerse.

Baobab Teatro en la Sala Experimental del teatro Caderón.
Fotografía: May Rodríguez Isla.

Ese mismo día, por la tarde, pude ver en la sala principal de El Calderón El jardín musical, de Teloncillo Teatro. Se trata del último espectáculo que la histórica compañía ha realizado con el Quinteto Respira y en el que se hace una apuesta total por la música y la danza. Es un espectáculo ambicioso por cuanto que tiene al público infantil inmerso durante casi una hora en un repertorio musical en directo y de calidad, cuya puesta en escena enriquecen las coreografías y la danza de la bailarina quien, además de ser el hilo conductor de una dramaturgia que prescinde totalmente de la palabra, es puente con el público, al que invita a participar, con muy buen resultado, de algunas de las canciones del espectáculo. Un viaje por el ciclo de la vida y las estaciones en el que los elementos naturales se ponen en valor desplegando su potencial poético, visible también en la impecable factura escenográfica marca de la casa.

Un momento del espectáculo “El jardín musical”.
Fotografía: May Rodríguez Isla.

Y me despedí de los Encuentros con mi hija Irene al día siguiente, y con Esther, que presentó uno de los clásicos de la compañía zamorana Baychimo Teatro: Todos sus patitos, basada en el cuento de Christian Duda y que la editorial Lóguez publica con provocadoras ilustraciones de Julia Friese. Y ahí está parte de la clave de esta compañía a la que tanta admiración profeso: sus funciones se atreven con imágenes y escenas perturbadoras que exploran sentimientos de los peques (a partir de 4 años) que los adultos tratamos de evitar, a veces a toda costa y de manera irresponsable. Una escenografía muy orgánica pero simbólica, fabricada con materiales reciclados y una luz de baja intensidad que se crea básicamente en el propio escenario para bocetar un bosque. Todo parece dispuesto para que el zorro Konrad se coma al patito Lorenz, y a los otros patitos, para que se de un festín de patitos que, en realidad, nunca sucede… música en directo con ruidos y avisos, instrumentos que no dejan de ser cacharros para potenciar un ambiente que sobrecoge al pequeño pero sin perder en ningún momento la medida y acompañándole a transitar una historia que relativiza los roles previamente asignados de buenos y malos y, por tanto, se relativiza a sí mismo como juego pelín gamberro.

Presentación de la compañía Baychimo Teatro por Esther Pérez Arribas.
Fotografía: May Rodríguez Isla.

La literatura presente en todo momento, tomando las palabras de Christian Duda y sacándolas brillo en su interpretación escénica. Un montaje y una historia que se toman en serio a su público y lo alejan del maniqueísmo pueril que prima en la industria cultural para adultos. El teatro infantil hace mejores preguntas. El teatro de Baychimo, además, da un poco de miedo a los mayores, aunque estos siempre pueden encontrar protección en el regazo de sus hijos.