Poesía bajo el moral

A TRAVÉS DE LA VENTANA, 5.

Las letras como motivo de encuentro para una velada agradable gracias al acogedor espacio que en La Mata de Cuéllar crea nuestra amiga Almudena Pascual para estar y aún para ser en este pueblo pequeño como tantos, ya casi abandonado del todo como los demás, desparecido en la inmensidad del desierto castellano que reyes, curas, señoritos, cíclopes y gorgonas eternamente vivos de por aquí procuran con orgullosa estulticia (redentora, protectora, conservadora, miedosa, acomplejada), aún con sus huecas, incercenables cabezas sobre los hombros. Pero obviemos lo archiconocido:

Para ver las cosas hay que mirarlas, y debe de ser que el escaparate de la librería aumenta la realidad que se atiende. Así que se ve bien desde aquí y uno se percata de cosas chulas que ocurren, como tantas veces, cerca, muy cerca. Les invito a que lo prueben. Gracias a ello he podido saber de este encuentro programado en La Mata de Cuéllar el domingo 7 de agosto, donde han confluido dos activismos rurales de los de nuestra comarca, de esos que la mantienen viva pese a la niebla acechante de la realidad administrativa, regional, provincial y, por supuesto, local de cada pueblo, que aún en verano (o lo que sea esto) todo lo cubre. Seguimos:

Gente Festeamus de Cuéllar lleva ya 12 ediciones de su festival de teatro , danza y música en su municipio y desde hace unos cuantos organiza con bastante éxito de convocatoria los Micros Abiertos de Poesía, en los que un nutrido grupo de lectores de poesía (pero también de poetas), de músicos de ciudades y pueblos cercanos, se reúnen para compartir textos propios y ajenos (o de todos), acordes, melodías y, sobre todo, momentos. Además de en el municipio segoviano del que nacieron, estos encuentros poéticos se han celebrado en muchos pueblos de la comarca y, por supuesto, también en Olmedo, donde les pudimos tener durante el festival Olmedo Clásico de 2017, como parte de los Jueves Dramáticos que organiza la librería.

La otra parte fundamental del encuentro del pasado domingo ya la he nombrado: son Almudena Pascual y ese espacio tradicional de su pueblo que es la terraza de El Moral, así llamada porque prácticamente toda ella la ocupa este viejo árbol que proporciona agradecida sombra. Ella lo mima para el disfrute de visitantes y participantes de las actividades que allí organiza y que tienen que ver con el cuidado del pueblo, con el medio ambiente y con las artes. La razón por la que Almudena desarrolla en su pueblo actividades desde la asociación de mujeres podemos hallarla sin necesidad de buscar pues se vislumbra en su entusiasmo, que alimenta a cuantos lo percibimos y se contagia con facilidad alrededor, que le pone a uno las pilas y aún le ayuda a despejar dudas sobre la necesidad de mantenerse activo cuando estas surgen, que surgen recurrentemente por débiles que sean. Ante ese entusiasmo todo parece natural, casi necesario y no necesita de mayor explicación, pero hay que darla. Hay que decir aunque ya se sepa que desarrollar actividad ciudadana en los pueblos es la única manera responsable de habitarlos, y que la única oportunidad de estos pueblos pasa por el activismo de sus habitantes. Y, desde luego, que las artes son herramienta fundamental para ello, por su capacidad de convocatoria alrededor de lo nuevo, de lo que puede ir más allá, de lo que procura futuro pues, ya lo hemos visto, no será lo de siempre lo que venga a salvarnos.

No era la primera vez que iba al bar Chicote de La Mata de Cuéllar, he tenido la oportunidad de estar allí con Almudena en otras ocasiones, tratando, compartiendo, contrastando nuestras miradas comarcales junto a otros amigos. Y ya entonces me había enseñado ella el espacio, prometedor de aquellas, acogedor de estas. En la propia entrada uno se siente acogido: reconocer a la gente de Festeamus, coincidir también con otros amigos, el espacio que invitaba a ser disfrutado para que mi compañera Esther y yo nos sentáramos mientras íbamos saludando, frente al pequeño escenario, mágico gracias a su aire silvestre, maquillado para pronunciarlo, y, poco a poco, empezar una vez que Kati Cuesta -la encargada de organizar los micros de esa ocasión- tenía el orden claro.

Un par de sorpresas me llevé aún al comienzo de esta velada de la que, por cierto, también Esther y yo participamos. Leyó ella del poemario «Autobús de Fermoselle», de Maribel Andrés, y yo del de Lauren Mendinueta «Una visita al museo de historia natural». Las sorpresas: pudimos conocer a Julie, una joven checa a la que Almudena acoge estas semanas y que nos leyó en su idioma original «Canción de amor» del nobel Jaroslav Seifert. También Julie fue encargada de caligrafiar con preciosas letras el cartel «Micros abiertos de poesía», sobre cartón viejo, al más puro estilo Almudena Pascual. La otra sorpresa fue que Almudena leyó un poema que para la ocasión había escrito mi estimado, querido amigo José Carlos Iglesias, cronista de lo rural a la delibeana manera con quien comparto gustos literarios y momentos jugosos: se nos quema Castilla estos días y el humo -bien nos tememos- no será señal suficiente para ojos de vaca que siguen rumiando hierba mientras miran la realidad atónitos porque esta ocurra…

Tomamos algo tras la lectura, tras la música de guitarra con que terminó la actividad, comimos Esther y yo un crepé y uno calamares ricos por alargar la velada y disfrutar de la compañía, de los amigos, del moral, de una noche poética en su mismo planteamiento, en su escenificación, cuidados, atenciones…